La involucion presidencial de Mêxico.

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jueves, 15 de mayo de 2014

Empleo Formal Estatico.































Carlos Fernández-Vega (La Jornada)


Por más discursos que pronuncian y adornos que los embellecen, el empleo formal de plano no despunta. Con el nuevo gobierno, el panorama y los indicadores prácticamente no se han movido por una sencilla razón: las plazas laborales no se generan a golpe de decreto.

El inefable Felipe Calderón heredó a su sucesor una tasa oficial de desocupación abierta de 5.1 por ciento (información del Inegi), o lo que es lo mismo, el primero de diciembre de 2012 alrededor de 2 millones 500 mil mexicanos se encontraban en tal difícil situación. Dieciséis meses y cientos de discursos después, al cierre de marzo pasado, la misma fuente da a conocer que la citada tasa fue de 5.04 por ciento, equivalente a 2 millones 500 mil mexicanos en desocupación abierta.

De igual forma, el tal Jelipe le heredó una tasa oficial de subocupación de 7.6 por ciento; al cierre del marzo de 2014 tal indicador se ubicó en 8.3 por ciento. Cuando felizmente Calderón se fue a su casa, la tasa de informalidad laboral alcanzó la friolera de 59.22 por ciento de la población ocupada y la tasa de ocupación en el sector informal fue de 27.89. Al cierre de marzo pasado tales indicadores fueron de 58.2 y 27.9 por ciento, respectivamente. Y así por el estilo.

Cuarenta y ocho horas atrás, el actual inquilino de Los Pinos celebraba que el Instituto Mexicano del Seguro Social ha dado a conocer los datos del empleo formal: durante abril tuvo un crecimiento anual de 3.2 por ciento, destacando aumentos en todos los sectores, incluyendo el de la construcción. Estas cifras dan cuenta de que la economía nacional va por buen camino, y esto es justo lo que queremos para todos los sectores productivos de nuestro país.

Bien, pero las cifras del IMSS revelan que en abril, con respecto a marzo de 2014, el número de empleos formales registrados en dicha institución apenas se incrementó 0.33 por ciento; si el comparativo es con el cierre de 2013, entonces el aumento fue de 1.88 por ciento, y si se anualiza llega a 2.99 por ciento.

Qué bueno que más mexicanos, así sean muy poquitos, tengan acceso al empleo formal, pero las cifras oficiales muestran que en esta materia el gobierno y los empresarios nadan de muertito, porque, en el mejor de los casos, a duras penas atienden la demanda laboral de un grupo cada vez más reducido de mexicanos. Lo demás se lo dejan a la informalidad, donde sobreviven dos de cada tres personas en edad y condición de trabajar.

Hasta el momento el saldo no es nada atractivo, porque en 16 meses de gobierno peñanietista (hasta marzo de 2014) en el IMSS se han registrado poco más de 426 mil empleos formales (permanentes y eventuales), a razón de un promedio mensual de 26 mil 662 plazas, contra las cerca de 100 mil demandas cada 30 días, es decir, sólo 27 de cada 100 mexicanos en edad y condición de laborar lograron un espacio en el mercado formal, aunque no se sabe si el citado monto incluye puestos informales que, de acuerdo con el programa respectivo anunciado por el inquilino de Los Pinos, se formalizarían.

Pero el asunto del mercado laboral no es de un mes o de un año. Se trata de un grave problema estructural que pretende corregirse a golpe de discursos. Por ejemplo, de diciembre de 2000 a abril de 2014, la población económicamente activa se incrementó en cerca de 12 millones de personas, todas ellas en busca de un espacio remunerado en la economía formal.

Doce millones de mexicanos que se sumaron a los 40 millones ya registrados al término del sexenio zedillista, para un total –hasta abril pasado– cercano a 52 millones de personas. El balance es terrorífico, porque de acuerdo con el registro del IMSS, entre diciembre de 2000 y el cuarto mes de 2014 sólo se generaron poco menos de 4 millones de empleos formales, de tal suerte que en ese periodo 8 millones de mexicanos quedaron fuera de la economía formal, o lo que es lo mismo, de cada tres solicitantes sólo uno logró colarse, sin considerar rezagos.

Lo anterior se parece mucho a la trivial discusión sobre el crecimiento económico. En Hacienda se aferran a que será de 3.9 por ciento, mientras en el otro extremo analistas privados e instituciones bancarias aseguran que si bien va no pasará de 2.4 por ciento, cuando en los hechos lo mínimo necesario es 6 por ciento, una proporción no registrada en más de tres décadas.

Lo mismo sucede con el empleo: que si en tal periodo se generaron 100 mil, que en otro se sumaron 50 mil y que en otra oportunidad se añadieron 20 mil, y el gobierno lo celebra con emotivos discursos y cree que todo el mundo quedó contento. Pero en los hechos se jalonean migajas y exhiben miserias, porque más de 30 millones de mexicanos en edad y condición de laborar no tienen acceso al mercado formal y otros 2.5 millones son oficialmente reconocidos como desocupados.

Todo lo anterior, desde luego, sin mencionar la constante precarización de los empleos formales, con salarios cada vez menores y con el recorte, un día sí y el siguiente también, de prestaciones. Ello con el pretexto de alcanzar la competitividad, pero a costillas del hambre de la gente.

¿Que el empleo formal aumentó un poquito, para poco después hacerlo a la inversa? Bien, pero lo que más de 30 millones de mexicanos exigen no son discursos, sino puestos de trabajo en la economía formal, con salarios remuneradores. Presumir uno cuando se necesitan tres, no resuelve nada.

Por cierto, el Inegi detalla que en el primer trimestre de 2014, el 67.9 por ciento de la población ocupada (33.5 millones de personas) eran trabajadores subordinados y remunerados; 22.4 por ciento (11 millones) trabajan por su cuenta sin emplear personal pagado; 5.6 por ciento (2.8 millones) trabajadores que no recibieron remuneración, y 4.1 por ciento (2 millones) propietarios de los bienes de producción, con trabajadores a su cargo. En el periodo citado el número de empleadores disminuyó en 150 mil personas. 


Las rebanadas del pastel

Por si alguien dudaba, el presidente de la Comisión de Energía del Senado de la República, el tricolor David Penchyna, y el legislador panista Jorge Luis Lavalle tuvieron a bien reconocer que, con todo y reforma energética, los precios de las gasolinas no bajarán, porque se regirán por el mercado internacional y la oferta y la demanda, amén de que los mexicanos deberán esperar cuando menos una década para que cuaje la citada reforma (La Jornada, Víctor Ballinas y Andrea Becerril).


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